| Mientras tú existas, de Ángel González |
Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz?cualquiera...
Mientras
presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.
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| Mi país inventado, de Isabel Allende |
Lo de la hermosura femenina requiere comentario aparte. Es un conmovedor piropo a nivel nacional. La verdad es que nunca he oído en el extranjero que las chilenas sean tan espectaculares como mis amables compatriotas aseguran. No son mejores que las venezolanas, que ganan todos los concursos internacionales de belleza, o las brasileras, que pavonean sus culos de mulata en las playas, por mencionar sólo un par de nuestras rivales; pero según la mitología popular, desde tiempos inmemoriales los marineros desertan de los buques, atrapados por las sirenas de cabello largo que esperan oteando el mar en nuestras playas. Esta monumental lisonja de nuestros hombres es tan halagadora, que por ella las mujeres estamos dispuestas a perdonarles muchas cosas. ¿Cómo negarles algo si no hallan lindas? Si algo de verdad hay en esto, tal vez la atracción consiste en una mezcla de fortaleza y coquetería que pocos hombres pueden resistir, según dicen, aunque no ha sido en absoluto mi caso. Me cuentan los amigos que el juego amoroso de miradas, de subentendidos, de dar rienda y luego aplicar los frenos, es lo que los enamora, pero supongo que eso no se inventó en Chile, lo importamos de Andalucía.
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| Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez |
El a&ntildE;o de mis noventa a&ntildE;os quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la due&ntildE;a de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad disponible. Nunca sucumbí a ésa ni a ninguna de sus muchas tentaciones obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También la moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo verás. Era algo menor que yo y no sabía de ella desde hacía tantos a&ntildE;os que bien podía haber muerto. Pero al primer timbrazo reconocí la voz en el teléfono y le disparé sin preámbulos:
-Hoy sí.
Ella suspiró: Ay, mi sabio triste, te desapareces veinte a&ntildE;os y sólo vuelves para pedir imposibles. Recobró enseguida el dominio de su arte y me ofreció una media docena de opciones deleitables, pero eso sí, todas usadas. Le insistí que no, que debía ser doncella y para esa misma noche. Ella preguntó alarmada: ¿Qué es lo que quieres probarte? Nada, le contesté, lastimado donde más me dolía, sé muy bien lo que puedo y lo que no puedo. Ella dijo impasible que los sabios lo saben todo, pero no todo: los únicos Virgos que van quedando en el mundo son ustedes los de agosto. ¿Por qué no me lo encargaste con más tiempo? La inspiración no avisa, le dije. Pero tal vez espera, dijo ella, siempre más resabiada que cualquier hombre, y me pidió aunque fueran dos días para escudri&ntildE;ar a fondo el mercado. Yo le repliqué en serio que en un negocio como aquel, a mi edad, cada hora es un a&ntildE;o. Entonces no se puede, dijo ella sin la mínima duda, pero no importa, así es más emocionante, qué carajo, te llamo en una hora
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| Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez |
Yo aprovechaba aquellos desayunos para desahogarme con Rosa Cabarcas y le pedía favores mínimos para el bienestar y el buen ver de Delgadina. Me los concedía sin pensarlo con una picardía de colegiala. ¡Qué risa!, me dijo por aquellos días. Me siento como si estuvieras pidiendo su mano. Y a propósito, se le ocurrió, ¿por qué no te casas con ella? Me quedé de una pieza. En serio, insistió, te sale más barato. Al fin y al cabo, el problema a tu edad es servir o no servir, pero ya me dijiste que lo tienes resuelto. Le salí al paso: El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor.
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