| Háblame, musa, de aquel varón, de Dulce Chacón |
- Necesito gritar - dijo apretando los puños.
- Pues grita, aquí nadie podrá oirte.
El grito de Matilde retumbó en los muros de roca. Un alarido. Una queja. Por su boca abierta escapaba de golpe todo su desasosiego. Ella sentía en sus labios el roce de su aullido al salir.
Ulises la escuchaba sin alarmarse, buscó sus manos y encontró sus puños cerrados. Matilde abrió los dedos y los entrelazó a los de Ulises, apretaron los dos y el comenzó también a gritar.
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