Los estados carenciales, de Ángela Vallvey
-¿Y qué me decís del sexo oral? -pregunta. Mira de forma pícara una por una a sus amigas, y por último a Penélope.
- ¿Anal? -Valentina se toca la nariz, despistada.
- No, oral, oral, oral. Sexo oral.
- ¿Sexo oral? ¡Válgame el cielo! -Aglae arruga el ceño y sus pupilas se contraen felinamente-. Para el bestia de tu marido seguro que sexo oral quiere decir hablar un poco del tema antes de entrar al ajo. Algo así como: "¿Eufrosina, qué te parece si te la meto?". Para Eugenio eso es sexo oral, ni más ni menos.
- Bueno, pero...
- Para eso no necesitabas hacer papiroflexia con tus labios mayores y menores -asiente Talía.
- Lleváis razón -dice Valentina-, estoy totalmente de acuerdo.
- Cristo bendito... -Penélope vuelve a dar un trago. Ya casi ha terminado su copa. Podría beberse otra. O dos.
- Pero... y si una tiene una aventura, y si una encuentra a alguien que quiera practicar con una el sexo oral de verdad.
- Yo detesto francamente el sexo oral. De verdad.
- ¿Por qué?
- Bueno, no todo. Puedo soportar que un hombre me haga un cunnilingus, pero después de nuestra malidta revolución sexual... ah, ya no. Ah, no. Ni hablar. Ya tuve bastante en su día -Aglae mueve la cabeza a un lado y a otro-. Nunca me gustó ser una chupapollas. Odio las felaciones con toda mi alma. En realidad, siempre las he odiado, incluso entonces, cuando era revolucionario hacerlas y todas nos sentíamos obligadas a decir lo mucho que nos gustaba. Las odio.
- ¿Y eso?
- Figúrate. Sólo ver un pelo en el plato de la sopa ya me pone histérica.


Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago
Al fin se encendió la señal verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado. El primero de la fila de enmedio está parado, tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado el cable del acelerador, o se le agarrotó la palanca de la caja de velocidades, o una vería en el sistema hidráulico, un bloqueo de frenos, un fallo en el circuito eléctrico, a no ser que, simplemente, se haya quedado sin gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre. El nuevo grupo de peatones que se está formando en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas mientras los de los coches de atrás tocan frenéticos el claxon. Algunos conductores han saltado ya a la calzada, dispuestos a empujar el automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta, Estoy ciego.


Eragorn, de Christopher Paolini
-Eso depende de tu punto de vista - lo corrigió Brom con un amago de sonrisa -. Antes de lanzarte a esta aventura, recuerda que tus enemigos, los Ra'zac, son los sirvientes del rey y estarán protegidos dondequiera que vayan. Las leyes no los detienen. Y en las ciudades tendrán acceso a muchos recursos y a servidores dispuestos a ayudarlos. Ten en cuenta también que, para Galbatorix, lo más importante es reclutarte o matarte, aunque todavía no sepa que existes. Cuanto más tiempo logres eludir a los Ra'zac, mas desesperado estará el rey porque sabrá que cada día que papse, serás más fuerte y tendrás mayor oportunidad de unirte a sus enemigos. Debes tener mucho cuidado, ya que es muy fácil que pases de cazador a presa. -Eragon, anonadado por estas contundentes palabras, se quedó pensativo mientras hacía girar una ramita entre los dedos -. Bueno, basta de charla - dijo Brom -. Es tarde y me duelen los huesos. Mañana seguiremos hablando.